Tuesday, November 10, 2015

¿Te cuesta amarte a ti mismo? Echa un vistazo a tus límites


A juzgar por gran parte de lo que se puede leer hoy sobre autoayuda, por los clientes que acuden a mi consulta y por los típicos sucesos de actualidad relacionados con la gente, sus relaciones y su dolor, parece que amarse a sí mismo es una de las cosas más difíciles de hacer para la mayoría de nosotros.
No es una cuestión de gran prioridad
En general, amarse a sí mismo no es que ocupe los primeros puestos de nuestra lista de prioridades, y tampoco es algo que nos inculquen a medida que crecemos. Solo cuando hayas empezado darte cuenta de que ese amor por ti mismo podría ser precisamente una de las cosas que te están reprimiendo, y cuando hayas empezado a tratar de trabajar en ello, solo entonces te das cuenta de lo potencialmente difícil que es conseguirlo. Hay muchas razones por las que no nos amamos a nosotros mismos, y si bien la mayoría son puros mitos, a menudo creemos en ellas firmemente. A continuación enumero solo algunas de estas razones: 
  • No hay nada de adorable en mí
  • Soy una mala persona
  • Amarme a mí mismo es pecado
  • Amarme a mí mismo es egoísta
  • La Biblia dice que amarás a tu prójimo
  • He pasado tanto tiempo no amándome que no sé por dónde empezar
  • Estoy muy avergonzado de mí mismo
  • ¿Cómo puedo amarme a mí mismo si no me gusto?
  • Me da mucho miedo amarme a mí mismo
  • Duele mucho amarme a mí mismo
  • No soy lo suficientemente bueno para amarme a mí mismo
  • Mi madre/padre/pareja me dijo que soy inútil / despreciable / estúpido / torpe / _____ (rellena el hueco)
  • No lo merezco
  • Me amaré a mí mismo cuando me asciendan, cuando pierda 10 kilos, cuando gane un millón, cuando consiga que él/ella me quiera, etc.
¿Cómo llegaste a este punto?
Volvamos atrás por un momento. ¿Cómo llegaste a este lugar donde te ves como antipático o con miedo a amarte a ti mismo, etc.? ¿Naciste así? Mira a un bebé. Puede que grite cuando quiere comida o está incómodo, pero ¿no dirías que cuando lo hace está manifestando su creencia suprema en su derecho a ser alimentado o consolado? Y eso ¿quién lo hace? Solo alguien que cree por instinto (ni siquiera estamos hablando aquí de ser racionales, sino meramente instintivos) que el bebé se cree adorable (para más información sobre nuestros instintos y la base neurológica de la que derivan, consulta mi boletín de mayo de 2006: Presentando Nuestro Segundo y Tercer Cerebro). Cuando un niño pequeño se acerca a tu rodilla, pone sus manos pegajosas en tu ropa y te mira a los ojos con confianza, cree que tiene el derecho de estar allí y, por lo tanto, cree que es adorable.
Límites sanos… ¿y eso qué es?
Pero ¿qué ocurre cuando al bebé no se le alimenta o no se le consuela y simplemente se le ignora hasta que se pone a llorar sin parar y luego se queda dormido? O cuando le gritan, le apartan y le dicen de manera inequívoca que no le quieren allí porque está sucio, porque da asco o porque es malo. No voy a entrar en los cientos de escenarios, más o menos disfuncionales, porque muchos de ellos se dan incluso en hogares que describiría como estupendos, porque probablemente seas consciente del tuyo propio o, por lo menos, has oído hablar de muchos de los escenarios que tienen como resultado una falta de autoestima, un miedo a ser tú, una falta de dignidad y autoconfianza, etc.

Adelantémonos unos años. Ahora tienes un niño-muchacho-adolescente-joven adulto que tiene dificultades para decir lo que quiere. O lo que prefiere. O la opinión que tiene acerca de un tema concreto. O lo que siente. Y como este individuo tiene dificultades para decir cosas de esta naturaleza, permite a otros decir o hacer cosas que no están bien, que son inaceptables o quizá que simplemente hay algo en ello que no están bien del todo; pero, en todo caso, se está permitiendo algo que no está bien. Todo eso describe el comportamiento de una persona con límites deficientes en lugar de sanos. Y antes de que saltes a por mí, aquí no estoy hablando necesariamente de maltrato extremo, puede ser mucho menos, incluso simplemente algo que la primera persona percibe. Este comportamiento proviene parcialmente de su suposición de que si dice lo que quiere o prefiere, etc. (en vez de lo que dice la otra persona), no obtendrá lo que más quiere: amor y aprecio, ese elemento que era de alguna manera una pieza que faltaba cuando era pequeño; así que decide que es mejor no decir nada, porque así podría obtener al menos algo de amor, o una pizca de amor (consulta también mi boletín de julio de 2007: Inaccesibilidad Emocional).
Así pues, tenemos ahora a una persona con baja autoestima, con falta de autoamor o respeto, por lo que tenemos una persona con límites deficientes. Y esto, por supuesto, perdura hasta que la persona sea adulta, siempre que no se reconozca y se aborde como un asunto no resuelto. El daño causado en el desarrollo de la vida de la persona en cuestión puede ser incalculable. Su falta de creencia en sí misma o su falta de amor por sí misma la perpetúan las personas que subconscientemente se elige que participen en esa vida, porque ellas son precisamente la clase de personas capaces de representar el tipo de comportamiento del que deberían hablar o al que deberían oponerse las personas con límites deficientes, y sin embargo no lo hacen.

Heridas, dolor y el “cuerpo de dolor”

Casi todos tenemos heridas de la infancia o de la niñez. Incluso si tuvimos padres ejemplares. Algo nos sucedió a casi todos nosotros. Y sean las que fuesen las heridas (podría escribir una serie completa de artículos solo sobre heridas), nos provocan dolor. A menudo esto no sucede a un nivel consciente. Solo lo sentimos cuando lo vuelve a desencadenar o activar alguien en nuestra vida adulta, una persona que no tiene nada que ver en apariencia con la persona original que engendró la herida, pero esta persona en la vida actual de alguna manera activa el dolor, porque esa persona es un gancho excelente para lo que nos haya hecho aquella otra persona de la infancia o niñez para habernos causado la herida. En otras palabras, la persona de ahora provoca reacciones en nosotros que son similares a la manera en que podríamos haber reaccionado antes en la vida cuando nos enfrentábamos con el dolor. Y entonces a lo mejor aguantamos algo solo para que se nos aceptara o se nos amara, incluso si hacerlo significaba que nos hacía sentir fatal. Se convierte en un círculo vicioso.

Dado que existe esa afinidad en el sentimiento, estamos familiarizados con él. Lo conocemos. Nos lleva en la dirección del dolor, y así lo volvemos a vivir una y otra vez. Básicamente, lo que sucede es que nuestra psique nos está intentando guiar hacia una resolución de la herida, pero a menos que nos hagamos conscientes de lo que está pasando, nuestras posibilidades de resolverlo son escasas. Y así nos dejamos llevar por la familiaridad y afinidad del dolor que conocemos. Eckhart Tolle le llama a esto el cuerpo de dolor. Chris Griscom lo llama el cuerpo emocional. Ambos escritores dicen cosas muy similares al respecto: nos revolcamos en el dolor porque nos seduce, se queda pegado a nosotros, vamos en su dirección, en vez de irnos corriendo, porque lo conocemos. Nos llama de una manera muy poderosa y cuando el comportamiento de alguien desencadena una reacción de nuestra niñez debido a una herida que habíamos recibido entonces, solemos caminar en la dirección de ese dolor. Mantenemos aquellos limites malsanos y disfuncionales, casi de la misma manera que un niño llora por la noche, dolido, pero encontrando algo de consuelo en el acto de llorar.

Observa, sin embargo, que aunque estoy apuntando hacia el pasado para que entiendas el origen de los límites mal trazados, no estoy sugiriendo en absoluto que pases ningún tiempo allí para averiguar hechos concretos de esos tiempos. Eso no llega a tener la misma importancia que tiene el que cambies tu comportamiento actual en tu favor para que puedas empezar a amarte y respetarte a ti mismo.

Usar tus sentimientos para encontrar el camino hacia los límites sanos

Queda claro que los límites son un asunto importante y que todo aquel que no los tiene sanos debe aprender a establecerlos. Algunas de las maneras en que se puede hacer se describen en un artículo previo:¿Hay Falta de Limites en tu Relación de Pareja?

Pero hay otra variante sobre el tema. Empieza por calibrar cómo te sientes cuando se te dicen o hacen ciertas cosas. Tú sabes cuándo te sientes bien y cuando no. Las veces que no te sientes bien tras un determinado comportamiento de alguien, son las veces en que debes de tomar el toro por los cuernos. Utiliza tus sentimientos como barómetro para corregir según haga falta. (Ver también El Barómetro Energético: Conseguir que la Conexión Cuerpo-Mente te dé Resultados). Ojo, no se trata de corregir el comportamiento del otro. Ojala eso suceda. Lo que quiero animarte a hacer es a corregir tu propio comportamiento. En otras palabras, empieza por decir algo. Empieza por indicar que lo que se acaba de hacer o decir no es aceptable. Empieza por indicar en términos tajantes (esto se puede hacer con cortesía y tranquilidad), que cuando se te trata así o cuando se te habla de tal modo, te sientes denigrado, o enfadado, o triste, o lo que sea. Indica claramente que no quieres que se te vuelva a tratar así, ni que se te vuelva a hablar de ese modo. Y escoge una consecuencia que pondrás en práctica en el caso de que se repita el comportamiento, es decir, si se ignora tu deseo manifiesto. Es muy importante que elijas una consecuencia que seas capaz de poner en práctica (no digas que pondrás fin a la relación si sientes que no podrás hacerlo), y que sea una consecuencia que te moleste menos a ti o que provoque menos secuelas en tu vida que a la otra persona. No se trata de un castigo ni de un ultimátum. Es una consecuencia que surge a raíz del hecho de que alguien no está respetando tus límites.

Lo que intentas hacer con todo esto es no solamente conseguir que la otra persona entienda que ya no tolerarás o aceptarás su comportamiento, sino también algo más importante: te estás mostrando a ti mismo –quizás por primera vez en tu vida– que mereces decir las cosas que te atañen, que tu respeto hacia ti es más importante que ser aceptado o amado o aprobado por otro, sin importar quién. No pretendo insinuar que esto sea fácil. Tampoco pretendo insinuar que puede suceder todo de un golpe, o que, en el caso de que te salga bien una vez, te volverá a salir bien en lo sucesivo. Esto es, como tantas otras cosas en la vida, una curva de aprendizaje. Pero te prometo una cosa: si empiezas a hacer de esto un hábito –usando tus sentimientos como barómetro– empezarás a sentirte mejor contigo mismo. Empezarás a fortalecerte y a amarte a ti mismo. Y eso vale oro y te hace avanzar otro paso por el camino hacia la libertad interior.

Nota: hay muchas más manifestaciones de no amarse a uno mismo; tener límites deficientes sólo es una de ellas. En un futuro puede que cuelgue un artículo sobre otras maneras en que esto aparece en la vida de un individuo.

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